Libertad y justicia

“Libertad y justicia son una pareja que se aman pero que se engañan mútuamente, porque la justicia le pide sumisión a la libertad, pero la libertad se rebela contra la justicia allá donde ella no llega”.

Estoy bastante de acuerdo con esta cita. Justicia y libertad pretenden ir de la mano pero el punto extremo de las exigencias de cada uno es difícil de cumplir ya que cada uno intenta velar más por sus intereses. La justicia quiere una sumisión total y absoluta mientras que la libertad cada día quiere tensar más la cuerda y aspirar a disponer de mayores derechos y privilegios, atentando en ocasiones contra la propia justicia. La libertad del individuo pasa cada día más por aspirar a ser progresivamente más libre y no verse encadenado a ninguna ley, algo difícil de compaginar entre justicia y libertad, pero que acaban ejerciendo de mediadores ya que están condenados a entenderse dentro de lo posible.

Alfonso Callejas

Blogs potables de otros compañeros

Me he permitido el lujo de observar el trabajo de otros compañeros en un par de blogs y comentar algunos detalles de un par de ellos.

Es el caso de randomimia.blogspot.com, un espacio creado por Jaume Cifre y Roger Cornet, que presenta un estilo muy austero, generalmente carente de fotografías y de un diseño cautivador, pero que refleja perfectamente que la ausencia de un buen diseño no tiene porque implicar necesariamente un equitativo contenido textual que no esté a la altura. Al otro lado de la balanza se encuentra periodisme.crearblog.com, elaborado por Cristina García y Sarai Risueño, que me ha sorprendido gratamente por el atractivo modelo que presenta en su portada y que te invita a consumir su contenido, muy a la altura por cierto, de una forma muy llamativa y sugerente.

Alfonso Callejas

El arte del Chivi: el eterno pervertido

“Soy un pervertido, soy un pervertido, cuando menos te lo esperas ya te la he metido.

Soy un depravado, soy un depravado, cuando menos te lo esperas ya te la he sacado.

Soy el chivi, me gusta el sexo oral, me gusta el sado, sufrir violencia anal por un castrado, hacerme pajas, en los lavabos, el porno duro, sodomizar ancianos mutilados, me gusta provocar, ser descarado, que soy el chivi, que empiece el bacanal que ya he llegado”.

Esta sería la carta de presentación más extraíble de todo el particular repertorio musical del artista conocido como ‘El Chivi’. Con apenas un par de canciones, este pornoautor —especie de cantautor pornográfico—se hizo con un nombre dentro de la industria pseudomusical y heredó el legado de otros cómicos que publicaban temas con letras hilarantes o comerciaban con sus chistes en cinta o cassette. Sin duda ‘el Chivi’ tardó poco en superar el listón que habían marcado sus predecesores al emerger nuevos temas en su repertorio que alcanzaron un éxito insólito con el soporte de Internet —caso de Visite nuestro Hotel, Coños, Sácala o Teleperversión a domicilio— y que le llevaron a convertirse en todo un referente en los 90 y principios del nuevo siglo para una generación ávida de contar con palabras ‘prohibidas’ y expresiones malsonantes. Ante ellos emergió el Mesías y todo empezó a ser cada día un poco más Radikal.


Alfonso Callejas

HACKERS: O los amas o los odias

El mundo de los Hackers o piratas informáticos recuerda un poco a  aquel amigo de adolescencia que era capaz de despertar odio y admiración constantemente a su paso. Quizá para ti era aquel chaval que te sacaba las castañas del fuego y daba la cara por ti en una bronca de campeonato mientras que para otros era ese condenado con simple ánimo de lucrarse ante los demás y llamar la atención de cualquier forma, anteponiendo su dudosa fama efímera a la posibilidad de acabar siendo caneado.

Lo mismo ocurre con un pirata informático, por muy amateur que sea, ya que para los amigos y clientes más cercano puede erigirse como ese chavalín espavilado y resultón que siempre que puede te echa un cable bajándote programas, juegos, películas, música, asesorándote sobre como piratear un poco por aquí y un poco por allá, mientras que para otros se convierte en todo un elemento a eludir, un blanco en el punto de mira, para evitar que ponga en jaque a su empresa, sociedad y/o profane sus derechos privados.

Alfonso Callejas

Ahen

Típica, es como hubiese definido Ahen su vida hasta que la pared de su habitación se desvaneció ante sus ojos. Se quedó petrificada, sin respiración, con los ojos muy abiertos y lo único que pudo hacer fue correr. Quería escapar de lo que fuera que acabara de pasar.

Se detuvo al llegar al parque que había al final de su calle, sacó el paquete de cigarrillos que llevaba en el bolsillo, buscó desesperadamente un encendedor en sus bolsillos, levantó el encendedor para prender el cigarrillo con su temblorosa mano. “No puede ser, no puede ser, no puede ser…”. Las piernas no le respondían, no podía moverse, no podía pensar. Un hombre mayor pasó por su lado y se paró a observarla. Ahen estaba enroscada hacia delante, parecía que quería protegerse de algo y desde  fuera se la veía extraña, distante. Pero si te fijabas en su cara, tan desfigurada del susto que habría hecho salir corriendo a cualquiera, te dabas cuenta de lo que era el miedo. Un miedo real, ese temor que no te deja creerte lo que acabas de ver y que a la vez sabes que no puedes compartir. Ese terror a lo desconocido, a lo que no puedes explicar, a lo que no puede haber pasado


Laura Pallarès

Perceval ‘in action’

A lo largo de la carrera de Periodismo, que cada día es más próxima a tocar a su fin para nuestra generación, uno ha sufrido en sus carnes un ciclo progresivo de constantes decepciones al sumar numerosas materias intrascendentes y otros cuantos desengaños con otras que resultaban prometedoras y por las que se suspiraba desde buen principio.

El ‘boca en boca’ no siempre funcionó entre algunos compañeros y no siempre los gustos de unos coincidieron con los de otros. Sin embargo siempre han existido pequeñas excepciones, aunque obviamente nunca al 100%. Uno de los ‘elegidos’ dentro de ese pequeño elenco de sorpresas es precisamente J.M. Perceval, al que he tenido el privilegio de disfrutar como profesor durante breves etapas pero con el que me queda la espina clavada de no haberlo podido gozar con propiedad durante la última asignatura cursada.

Aquí un servidor es un gran apasionado del fútbol, deporte rey por mayoría aplastante, y una situación como esta le recuerda fácilmente a la clásica temporada en la que el club de tus amores llama a la puerta de los éxitos y firma una temporada de ensueño, de esas que con el tiempo adquieren mayor relevancia y carga mística y que, por cuestiones personales, uno ve como se escapa ante si la posibilidad de disfrutar de algo difícilmente repetible. Mi decepción a día de hoy es algo similar a esa pérdida de satisfacción por la oportunidad perdida que resultaba toda una garantía al empezar el curso. Confío en que el tiempo añadido de la carrera o de la propia vida concederá alguna que otra oportunidad para, independientemente de la materia a tratar, disfrutar con mayúsculas de un profesor con un sello propio incuestionablemente único.

Alfonso Callejas

El eterno debate moral de tomarse la justicia por su mano

Lisbeth Salander guarda dentro de sí una dosis desmedida e inmensurable de rencor tras las vejaciones a las que es sometida por su tutor legal. La empatía sentida por el lector respecto a su situación y sus ansias de venganza es de un nivel muy elevado y nadie desearía que ese afán por tomarse la justicia por su mano pudiera caer en saco roto. Sin embargo los riesgos a afrontar serían muchos sino fuera por la astucia de Lisbeth a la hora de filmar las vejaciones sufridas y contar con ellas como un escudo protector esencial ante cualquier posible denuncia de su tutor por el escandaloso aunque merecido tatuaje al que Lisbeth le somete. A pesar de la condena moral perpétua que supondrá dicho tatuaje para el maltratador, sus vejaciones anteriores sobrepasan los límites de la cordura humana y justifican sobradamente que la joven se tome la justicia por su mano y no se conforme con una posible compensación judicial, que en la mayoría de los casos habría pecado de injusta e inocente.

Alfonso Callejas

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